Ella era una chica normal, tenía su trabajo, su pareja, su casa... Pasaba la major parte de su tiempo como lo hace la gente corriente, en sus ratos libres le gustaba salir a pasear, tomar algo con sus amigos...
Pero Adriana tenía un secreto. Un secreto que cada vez era más difícil de ocultar. Trataba de no hacerlo, pero su adicción era más fuerte. Si veía algunos, tenía que comprarlos. Creo que debió ser a causa de pasarse muchos años buscando de su talla y nunca encontrarlos. Le había creado un trauma en su niñez...ella quería unos blancos, con una borla de adorno, para el día de su comunión, y sin embargo, a su madre le costó horas y horas encontrar unos de su número que no parecieran de mujer. Al final fueron de novia, pero planos.
Había dejado de ir a una tienda con nombre de mujer, porque una vez, al preguntarle a la dependienta si tenía zapatos de su número, la muy estúpida le contestó que de fiesta, no, por supuesto. Ella le hubiera gritado "puta" en ese mismo instante, pero era treinta de Diciembre, y tenía que encontrar unos urgentemente. Así que se resignó y no volvió a entrar nunca más en una tienda con ese nombre.
Se había acostumbrado a rebuscar mirando más el número que marcaba la suela o la etiqueta que el modelo en sí, y a veces los compraba solo porque eran de su número. Luego eso cambió y, desde el cambio de tallas, casi siempre quedaba al menos un par, y si a veces se quedaba con las ganas, se encabezonaba y los compraba más pequeños, para luego intentar darlos de sí lo antes posible. Se había acostumbrado a llevarlos casi siempre apretados, no tenía elección.
Paseaba por la calle tranquilamente, y de pronto, giraba la cabeza y ahí estaban, grandes y relucientes, casi siempre del mismo color, su color preferido, el negro. Últimamente, para colmo, le gustaban altos, cosa que casi nunca le había llamado la atención, ni le hacía falta. A ella no. Adriana medía metro ochenta, y nada más que imaginarse con ellos puestos daba vértigo.
Recordaba a veces una imagen de su niñez que no se le borraba nunca: su madre, sacando todos los de su armario, y dejándola probarselos. A ella le hacía gracia, y no podía entender como se podían tener tantos pares, pensaba que no tendría tiempo de ponerselos todos...pero se equivocaba. Su madre siempre tenía una ocasión adecuada para cada par...era una experta, y era una adicta. Como acabaría siendo Adriana años más tarde.
Nunca gastaba mucho en cada par, eso era cierto, entre otras cosas, porque no tenía dinero de sobra. Acumulaba pares y pares, casi siempre baratos, en cajas apiladas dentro del armario. Cuando se iba cansando de ellos, los teñía, o les pegaba trozos de cuero, o los pintaba...y cuando ya no daban más de sí...a la basura. Había algunos que significaban muchas cosas para ella, y esos los guardaba como tesoros, al fondo del todo del armario, y a veces, incluso se los ponía para estar por casa, para recordar algunos momentos.
Ella soñaba con tener algún día un armario sólo para guardarlos, a la vista, todos juntos, en fila, relucientes y ordenados...de momento, se conformaba con sus cajas apiladas, y con su memoria, que nunca le fallaba cuando iba a sacar alguno de su caja. Nunca se equivocaba de lugar.
Adriana parecía una chica corriente, pero no lo era. Era una adicta a comprar zapatos, y lo sabía, pero no podía evitarlo. Si pensaba que ya no cabían más pares en su armario, empezaba a ponerse nerviosa, hasta que pensaba que aún quedaba sitio debajo de su cama...Le gustaba la sensación de ponerse un zapato nuevo bien apretado y duro. Sentía un extraño placer al notar como el cuero iba haciéndole rozadura en algunos puntos de su pie del cuarenta y uno. Sentía como se le dormían los dedos de los pies al ponerse un tacón de nueve centímetros, al que no estaba acostumbrada, y le encantaba aguantar el mayor tiempo posible, para luego bajarse de ellos, y crujirse los dedos. Adriana era una chica extraña, que sentía placer en su propio dolor. Ella se autoconvencía pensando que más valía el dolor físico, que al final, se pasa, que el dolor psicológico que sufrían casi el resto de las mujeres que conocía, que ese, por muchas vueltas que le dieran, casi siempre estaba ahí, jodiéndoles la vida.
Adriana lo solucionaba rápido. Un mal día se arreglaba colocándose unos buenos zapatos de nueve centímetros, a ser posible, recién comprados.